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Ago/09

23

Daños de la radiactividad

Sería bastante complejo describir los efectos de la radiactividad sobre los seres vivos ya que dependen del tipo de radiación, dosis absorbida, tipo de tejido que está afectado, etc. Existe mucha literatura sobre dicho tema que fácilmente la encontraréis. No obstante, hoy quiero hablaros de los aspectos históricos, de cómo se dieron cuenta que allí había algo que no era bueno. Y para ello, hemos de retroceder a los tiempos de los Curie y Lord Rutherford. Este último nos decía:

Durante el verano visité al Profesor y Madame Curie en París, y encontré que ésta recibía el grado de doctor en ciencias el día de mi llegada. Por la tarde, mi viejo amigo, el profesor Langevin, nos invitó a mi esposa, a mí, a los Curie y a Perrin a cenar. Después de una animada velada nos retiramos sobre las 11 al jardín, donde el profesor Curie mostró un tubo recubierto en parte con sulfuro de zinc y que contenía una gran cantidad de radio en una solución. La luminosidad era brillante en la oscuridad y fue un final espléndido para un día inolvidable. Entonces no pudimos evitar observar que las manos del profesor Curie se encontraban en un estado muy inflamado y penoso debido a la exposición a los rayos del radio. Aquella fue la primera vez que vi a Curie. Su muerte prematura en un accidente callejero en 1906 constituyó una gran pérdida para la ciencia y particularmente para la tan, en rápido desarrollo, ciencia de la radiactividad.

El primero en intentar estudiar los efectos de la radiactividad en su propio cuerpo fue Walkhoff. Había observado que los tubos con preparaciones que guardaba en el bolsillo de su chaleco le producían dolorosas quemaduras al cabo de unos días. Friederich Giesel mostró, además, que si se acercaba un ojo cerrado a una caja, también cerrada, con sales de radio se recibía de ella una sensación de luz en la retina.

Los médicos se interesaron rápidamente por ello. Tanto Becquerel como Pierre Curie explicaban que: El señor Giesel ha colocado sobre su brazo, durante unas horas, bromuro de radio radificado rodeado de una hoja de celuloide. Los rayos que actúan a través del celuloide han provocado sobre la piel un ligero enrojecimiento. Dos o tres semanas mas tarde, el enrojecimento aumentó, produciéndose una inflamación y terminando por caerse la piel.

El aliento de Giesel era tan radiactivo que era capaz de descargar un electroscopio. Tal cantidad de radiactividad de gas radiactivo en sus pulmones confirmaba las hipótesis de Rutherford sobre las emanaciones transportadas por el aire.

Alertado por los informes de dos científicos alemanes, Pierre Curie también había empezado a experimentar en su propio cuerpo atándose al brazo durante unas horas una venda que contenía sales de radio. La herida resultante tardó meses en curarse. Anotó que Marie, al transportar unos pocos centígramos de material muy activo en un tubito sellado, tuvo quemaduras similares. Nos explicaba:

Además de estas acciones vivas, hemos sufrido sobre las manos, durante las investigaciones realizadas con los productos más activos, diversas acciones. Las manos tienen una tendencia generalizada a perder la piel; las extremidades de los dedos que han sostenido tubos o cápsulas que encerraban productos muy activos se vuelven duras y a veces muy dolorosas; para uno de nosotros [sin duda, Pierre Curie], la inflamación de las extremidades de los dedos ha durado quince días y ha terminado con la caída de la piel, mientras que una sensación dolorosa no ha desaparecido todavía al cabo de dos meses.

Lord Kelvin había recibido también una pequeña muestra de radio como regalo de los Curie y la había conservado también en el bolsillo de su chaleco. También llevaba la inevitable marca de la quemadura.

Pero los efectos iban mucho más allá. A Pierre Curie, a veces, le era imposible abotonarse la ropa. Tenía, además, punzantes dolores que le impedían andar. Se automedicaba estricnina, entonces un tratamiento recomendado para el reumatismo; pero en retrospectiva, sabemos que eran debidos a la radiación.

Por su parte, Marie Curie, además de tener las yemas de los dedos endurecidas y quemadas, padeció toda su vida los efectos de la radiactividad. Entre 1923 y 1930 fue operada cuatro veces de cataratas. En 1932 se agudizaron sus lesiones en las manos y en 1934 murió de anemia perniciosa. Su hija Irene moriría también en 1956 de leucemia. Hay que recordar que esta última, desde los 16 años, ya trabajaba en hospitales o viajaba con su madre en vehículos radiológicos que transportaban aparatos de rayos X por los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Marie Curie también perdió un hijo. Hoy sabemos que una de las causas de leucemias en niños producidas durante los años 1950 eran debidas a las vistas por rayos X en los inicios del embarazo, épocas en las que el feto es extremadamente frágil. Aquel embarazo de Marie había coincidido con la época en que manipulaba radio y polonio concentrados que transportaba en simples frascos de vidrio. Teniendo en cuenta todo esto, los científicos posteriores han estimado que debía estar recibiendo una dosis de aproximadamente un rem por semana. Para que os hagáis una idea de lo grande que es esta dosis, os diré que a las trabajadoras en ambientes de este tipo de hoy día se les recomienda no pasar de 0,03 rem por semana. Rompió aguas inesperadamente y el bebé murió a las pocas horas.

A diferencia de Marie Curie, Rutherford no parecía haber sufrido muchos males después de haber manejado despreocupadamente tantos y tantos materiales radiactivos. Durante una gira de conferencias que pronunció por los EEUU se deshizo sin inmutarse de un papel que había empleado a modo de embudo para introducir sales de uranio en un tubo. Sus anfitriones guardaron el papel y lo emplearon como fuente radiactiva durante cuarenta años.

Pero ya antes de 1920 era ya evidente que el radio tenía efectos nefastos bajo ciertas circunstancias. Todos los que trabajaban en el laboratorio de Marie Curie se daban cuenta de la fatiga que se tenía al trabajar en una atmósfera de radón.

En 1924, un dentista llamado Theodore Blum empezó a ver muchos cánceres de mandíbula a muchas mujeres y jovencitas (a una de ellas le habían dicho que tenía una osteomileitis sifilítica). Cuando se enteró que la mayoría de aquellas jóvenes tenían el mismo trabajo, entonces se dio cuenta. Resulta que durante la Primera Guerra Mundial el radio fue utilizado de forma masiva en pintadas para esferas luminosas de relojes e instrumentos militares. Se utilizaban cristales de sulfuro de zinc mezclados con sales de radio. Las partículas que emitía el radio chocaban con las moléculas de dichos cristales produciendo una luz que permitía ver en la oscuridad.

Esa técnica se había empezado a utilizar en EEUU en 1913 y cuatro años después se empleaba de forma generalizada. Una de las principales factorías se hallaba en Oregón. Tenía cientos de empleados. La mayoría eran mujeres jóvenes cuyo trabajo les obligaba a humedecer el pincel con la lengua para pintar con esa pintura radiactiva. Sin darse cuenta, ingirieron cantidades pequeñas pero significativas de radio. Entre 1922 y 1924 nueve de ellas murieron. En 1925 habían muerto 15 mujeres pintoras. Se les había diagnosticado lesiones como necrosis de la mandíbula y anemia. Una investigación concluyó que el radio había tenido la culpa. Aquel mismo año, por fin, una de aquellas jóvenes en Nueva Jersey denunció a su empresa por poner en peligro su vida.

Las señales de peligro continuaron apareciendo. En Francia, varios radiólogos e investigadores murieron de leucemia y de anemia grave. Un periódico publicó sus fotografías, acompañadas de escabrosos relatos de amputaciones, pérdidas de visión y horribles sufrimientos. En Japón, el científico Nobus Yamada, que había vuelto del laboratorio Curie preparando fuentes de polonio, enfermó y murió a los dos años de regresar a su patria.

Hacia 1951, Frederic Joliot-Curie tuvo que medir la radiactividad de documentos datados en 1902 relacionados con trabajos destinados a determinar el peso atómico del radio. Los análisis mostraron que estaban fuertemente contaminados distinguiéndose, incluso, las trazas de los dedos de Marie y Pierre Curie, pues ellos mismos ya llevaban radio.

Joliot mismo añadió:

Muchos años después, hacia 1926, los trabajadores que frecuentaban el Instituto del Radio pudieron ver, en algunos dedos de Marie Curie, en especial en la yema del índice, las trazas profundas de destrucción provocadas por los rayos (…) Cuando los rayos emitidos por las fichas penetran en el contador provisto de un altavoz, la actividad se manifiesta mediante una sucesión de señales audibles. Es emocionante descubrir manifestarse de esta manera al mismo radio que había sido extraído y manipulado por Pierre y Marie Curie hace cerca de 60 años.

En 1925, un tal William Bailey patentó y promocionó un producto llamado “Radithor” que contenía agua mezclada con dos isótopos del radio. Según decía, curaba “la disepsia, la presión arterial elevada, la impotencia y más de otras 150 enfermedades endocrinológicas”.

Un campeón de golf amateur llamado Eben Byers comenzó a tomarlo en 1927 bajo recomendación de Bailey para tratar un dolor crónico en uno de sus brazos. Cinco años después había consumido entre 1000 y 1500 botellas del producto. Falleció de una anemia severa, pérdida de peso, destrucción masiva de los huesos de su mandíbula, cráneo y esqueleto en general así como disfunciones en el riñón (tenéis más detalles aquí  y aquí). Una vez que la tragedia fue aireada por la prensa, la Food and Drug Administration tomó cartas en el asunto.

Y es que, por aquella época el mercado estaba muy receptivo ante los productos radiactivos. Los avariciosos fabricantes ofrecían productos como “Tónico capilar Curie” que supuestamente prevenía de la caída del cabello y le devolvía su color original. También había una crema que prometía la eterna juventud. Los productos radiactivos comprendían desde sales de baño hasta supositorios (leer más aquí) .

En el proyecto Manhattan, los accidentes graves también se tomaron sus víctimas.

Harry Daghlian era un joven físico. Mientras manipulaba material fisible provocó sin querer una reacción nuclear en cadena durante una fracción de segundo. Recibió por un instante en una mano una tremenda descarga de radiactividad. Fue ingresado en seguida y en pocas horas se pudieron observar las monstruosas consecuencias de ello. Sus mano se hinchó como una pelota. Los rayos gamma que le habían penetrado agredieron sus órganos internos. Tenía un dolor espantoso, tanto que gritaba. En pocos días perdió el pelo y se quedó sin glóbulos rojos devorados por los blancos. Murió 20 días después. Nadie pudo evitarlo.

Ocho meses después Louis Slotin corrió la misma suerte pero su final se ocultó a la opinión pública. Estaba experimentando con una “bomba de prueba”. Constaba de dos semiesferas que no debían acoplarse hasta el momento del lanzamiento, en cuyo instante se unirían para formar una masa crítica. El problema era saber cuál era exactamente esa masa crítica. Entraban muchos parámetros, demasiados: cantidad de uranio, ángulo de dispersión, longitud que debían recorrer los neutrones que debían desencadenar la reacción en cadena, la velocidad con que debían unirse las dos semiesferas, etc.

Slotin hacia lo siguiente: con dos destornilladores y con cuidado extremo deslizaba las dos semiesferas por un raíl. Tenía que conseguir con la mayor precisión posible el punto crítico, es decir, el momento en que se desataba la reacción en cadena. Si se volvían a separar la reacción en cadena se paraba. Pero si no se reaccionaba lo suficientemente rápido, la masa podía volverse “supercrítica”. Cuando hizo la propuesta y se lo explicaron a Richard Feynman, nuestro locuaz amigo, dijo que era como “hacer cosquillas a la cola del dragón”.

Slotin sabía lo cerca de la muerte que estaba. Un día se le resbaló un destornillador y las dos semiesferas se juntaron demasiado aprisa. En ese momento, una luz azul deslumbradora llenó toda la habitación. En lugar de agacharse para ponerse a salvo separó las dos semiesferas con las manos y frenó la reacción en cadena. Salvó así la vida de los 7 hombres que se encontraban con él en ese momento. Pero recibió una dosis de radiación fortísima.

Desde un principio, Slotin se dio cuenta de su inexorable muerte, pero no se inmutó. Dijo a sus compañeros que volvieran a ocupar los mismos sitios donde estaban y trazó en la pizarra un esquema exacto de la posición de cada uno para que los médicos pudieran saber la dosis que habían recibido sus compañeros.

Al cabo de 9 días, el primer hombre que había determinado experimentalmente la “masa crítica” murió sufriendo horribles dolores.

Después de la explosión de Hiroshima, los militares americanos pretendieron ocultar durante algún tiempo los efectos del bombardeo nuclear. Se declaró que entre las ruinas de Hiroshima no se registraba ya radiactividad peligrosa alguna y se omitió enumerar cuántas víctimas de la bomba habían estado expuestas en el momento de la explosión. Groves llegó a declarar públicamente que había oído decir ante una comisión del Congreso que la muerte radiactiva era “bastante agradable”.

Una maravillosa oportunidad que perdió para quedarse callado, ¿verdad?.

Fuentes:
“La maldición de ser un genio”, Ermanno Gallo
“Marie Curie y su tiempo”, José Manuel Sánchez Ron
“Marie Curie”, Robert Reid
Tecnologia Obsoleta
Nueva Salud
Fogonazos

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